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    LA LEY DE LA SUPERVIVENCIA

Desde que tengo uso de razón, el campo se convirtió para mí, en una obsesión  continua una referencia vital.

Ya desde pequeño, mi estancia prolongada en la finca que mis Padres poseen en la alta Extremadura, por la gracia de su profesión, la de San Isidro, hizo calar en mí una afición, que al día de hoy se ha convertido en una necesidad, teniéndola como norte de mi vida.   Mis amaneceres y atardeceres en la campiña Extremeña a lo largo de mi existencia, han supuesto,en mí, una prioridad para variar el orden en mi vida,hasta tal punto que mi profesión actual este en consonancia directa con mi vocación; Hablando en plata “soy un caso patológico de rutina aguda”.

Pues bien, en mi ir y devenir” por troche y moche” como se dice en mi tierra, me queda el poso del conocimiento que un aprendiz de naturalista pueda transmitir en esta oportunidad que me brindan de asomarme a esa ventana de divulgación, que supone él poder plasmar, mis experiencias y conocimientos, con ese placer que le ata al abuelo a contar un cuento a sus nietos al amor de la lumbre. Y  ese amor despertó en mí  una afición intensa, la cría de todo bicho viviente, aun cuanto más salvaje y más raro, suponía en mí un reto mayor; He tenido, criado y mantenido todo tipo de fauna: insectos mamíferos y aves, pero son estas las que me causan mayor placer. El mundo de las aves comenzó a despertar en mí una afición tal que se convirtió a lo largo del tiempo en una necesidad. Las rapaces fueron en este ir y devenir, de aquella, curiosidad el pilar fundamental de esta afición; Nocturnas, diurnas,grandes, pequeñas, sedentarias, trashumantes y todo aquello que las pueda  relacionar con su mundo.

Fue una mañana de otoño, en un páramo limpio, recogidas las mieses y con olor a tierra húmeda, instalado en el confort que te producen los primeros rayos del sol, acompañado de la música de fondo del canto del primer macho de totovía (Alauda Arvensis) que ascendía al cielo, donde pude observar una de las escenas más bellas que la naturaleza me deparó; La persecución  de una rapaz, de aspecto frágil detrás de una especie de golondrina, no supe distinguir donde acababa la golondrina y comenzaba la rapaz; La llamada de auxilio que emitia la  especie de golondrina inundaba toda la llanura, acallando a todas las aves de la campiña; No podría decir cuanto tiempo duró aquello que quedó grabado en mi y que lo recordaré a lo largo de mi vida; Pero fue años mas tarde cuando supe la suerte que tuve al presenciar aquella escena, y pude valorar ese suceso extraordinario que a mis 8 años y en ese entorno presencie, de una manera extasiada.

Sí efectivamente,"valorar", creo que es la palabra correcta.

¿Que rapaz era aquella? ; ¿Por qué perseguía a esa especie de golondrina? ; ¿Por qué se hizo el silencio en el páramo? ; Son preguntas que me hice durante mucho tiempo, y en la imaginación de un niño fluían mil imágenes distintas.

Valorar aquello hoy en día no me  resulta difícil, porque a lo largo de mi vida he podido observar cientos de estos lances de caza, pero aquel fue especial, fué “mi lance”.

Este relato para el lector puede ser un relato más, para un apasionado a la ornitologia, las preguntas que de niño  yo me hice las podrá contestar conjugando datos y asociando ideas, Ahora ya lo sé; Era simplemente un recién llegado, que perseguía a un rezagado, como obligándole a marcharse con el resto de sus compañeros a la tierra de donde él venía, y por eso se hizo el silencio en el páramo; No querrían entorpecer aquella obligación que se había tomado aquel recién llegado de ayudarle a emprender el camino al rezagado, o de servirle de pitanza.

Simplemente era Un Esmerejón (falco columbarius) que perseguía a un perezoso Vencejo común (Microbús pus) que por motivos desconocidos no se habían querido cruzar en el camino, para una de ida y para el otro de vuelta y estaban enfrentados a un destino común “La ley de la supervivencia”.

                                                  Texto: Félix J. Carretero   

   

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